El comedor principal del palacio resplandecía bajo la luz de enormes lámparas de cristal que colgaban del techo abovedado. Mariana nunca había visto algo así fuera de las películas: una mesa que parecía extenderse hasta el infinito, cubierta con manteles de seda bordados a mano y vajilla que, estaba segura, costaba más que todo su apartamento en México.
Permaneció de pie junto a la entrada, insegura, con las manos entrelazadas frente a su vestido azul celeste —el más formal que había traído cons