El sol de la tarde se filtraba por las ventanas del palacio, proyectando largas sombras doradas sobre los suelos de mármol. Mariana observaba cómo la luz bailaba entre las cortinas de seda, creando patrones hipnóticos que parecían burlarse de su inminente partida. Sus maletas, ya casi completas, descansaban abiertas sobre la cama. Cada prenda que doblaba y guardaba era como un pequeño funeral, el entierro de un sueño que nunca debió permitirse tener.
El silencio de la habitación se vio interrump