Las luces del palacio se apagaban una a una, como estrellas muriendo en un cielo artificial. Khaled observaba este ritual nocturno desde su balcón, con las manos apoyadas en la barandilla de mármol pulido. El aire nocturno del desierto, fresco y limpio, acariciaba su rostro mientras sus ojos seguían el patrón de oscuridad que avanzaba por las distintas alas del complejo palaciego.
Primero las habitaciones del servicio, luego las salas comunes, después las habitaciones de invitados. Solo quedaban