El amanecer en Alzhar tenía algo distinto aquella mañana. Mariana lo contemplaba desde el balcón de su habitación, observando cómo el sol ascendía lentamente sobre las dunas doradas, tiñendo el cielo de tonalidades anaranjadas y rosáceas. La belleza del paisaje contrastaba dolorosamente con la tormenta que se agitaba en su interior.
Sus dedos se aferraban a la barandilla de mármol mientras el viento del desierto jugaba con su cabello. Había pasado la noche en vela, dando vueltas entre las sábana