La mañana en el palacio transcurría con la tranquilidad habitual. Mariana había organizado una pequeña sesión de pintura con Amira y Sami en la terraza cubierta que daba al jardín interior. El aire acondicionado mantenía el ambiente fresco a pesar del implacable sol de Alzhar que brillaba en el exterior.
—¡Mira, Mariana! ¡He pintado un caballo como los de papá! —exclamó Sami, mostrando orgulloso su obra.
Mariana se inclinó sobre el dibujo del niño, admirando los trazos irregulares pero entusiast