El sol de la tarde se filtraba por los amplios ventanales del palacio, bañando el jardín interior con una luz dorada que parecía transformar cada hoja y cada flor en una pieza de arte. Khaled se detuvo en el umbral de la puerta que daba al jardín, su figura alta e imponente contrastando con la delicadeza del entorno. Sus ojos, oscuros y penetrantes, se posaron inmediatamente en ella.
Mariana estaba sentada sobre una manta extendida en el césped, con Sami en su regazo. El pequeño reía mientras el