El silencio de la madrugada envolvía el palacio cuando Khaled abrió los ojos. No había sido el llamado del muecín lo que interrumpió su sueño, sino una inquietud persistente que se había instalado en su pecho desde hacía días. Se incorporó lentamente, observando a Mariana dormir plácidamente a su lado, con mechones de cabello oscuro enmarcando su rostro sereno. Pasó sus dedos por el contorno de su mejilla con delicadeza, cuidando no despertarla.
El jeque se levantó y caminó hacia el ventanal. L