—¡Lysander! —llamó Astra. Su voz rompió el silencio del atardecer mientras corría hacia la figura en el claro. Sus pies apenas tocaban el suelo. El corazón le latía con fuerza por una oleada de emociones que no terminaba de comprender. ¿Por qué corría? ¿Por qué sonreía como una niña que ve el sol después de una tormenta?
No lo había visto en años. No desde aquella noche, hacía tanto tiempo, en la que todo cambió.
Él ya había vuelto a su forma humana cuando ella lo alcanzó. En el momento en que