—¡Ayuda! ¡Alguien, ayuda! —gritaron los guardias mientras huían, arrastrando sus cuerpos heridos.
Lucio los acechaba como un depredador, con pasos deliberados, lentos, pero increíblemente amenazantes.
Guardias y espectadores inundaron el pasillo, congelados por la escena que se desarrollaba ante ellos. Los murmullos se convirtieron en jadeos. Incluso los soldados más valientes dudaron.
—Se ha vuelto loco…
—Sus ojos… no son los suyos.
Algunos guardias intentaron detenerlo, pero Lucio lo