—¿Tres cachorros? —repitió Lysander, con la voz entrecortada en su garganta y los ojos muy abiertos por la incredulidad. Las palabras flotaron en el aire entre ellos, pesadas y asombrosas. Miró a la anciana sanadora como si esperara que ella soltara una risa y le dijera que era una broma, pero su rostro arrugado permaneció sereno, amable y serio.
—Sí, Su Alteza —respondió la sanadora suavemente, inclinando la cabeza—. La Diosa de la Luna la ha bendecido con tres vidas. —Dicho esto, recogió sus