La luna colgaba baja y delgada tras las espesas nubes, apenas iluminando la oscuridad.
Rena salió de su habitación justo después de medianoche, con el corazón latiéndole con fuerza. Había esperado hasta que toda la casa quedó en silencio, hasta que incluso los guardias de las puertas del fondo parecían medio dormidos. La cinta azul permanecía pegada a su piel, cálida como un secreto que se resistía a enfriarse.
Se movía con rapidez y agachada a lo largo del muro trasero de la casa principal, ma