Impulsada por ese miedo profundo y desesperante, Sigrid reaccionó de la única forma que su corazón le permitió. Se dejó caer al suelo sin medir el gesto, dobló las rodillas y se arrodilló, inclinando todo el torso hacia adelante hasta casi pegar la frente al piso.
Su postura era de sumisión absoluta, de ruego desesperado, como si al reducirse de ese modo pudiera evitar el destino que se cernía sobre ella. Entonces comenzó a suplicar, con la voz quebrada y llena de angustia.
—Por favor, mi señora… —dijo, sin atreverse a alzar la mirada—. No me eche de la mansión. No quiero irme de aquí. Le ruego que me perdone por no haberle dicho lo del Alfa. Se lo juro, no volverá a ocurrir. No volveré a cruzarme con él jamás. Haré lo que sea necesario para que no vuelva a verme nunca más. Le prometo que incluso se olvidará de mi existencia. Para él no fue importante haberme visto… por favor, mi señora, no me expulse...
Las palabras brotaban una tras otra, atropelladas por el llanto, mientras su cuer