Impulsada por ese miedo profundo y desesperante, Sigrid reaccionó de la única forma que su corazón le permitió. Se dejó caer al suelo sin medir el gesto, dobló las rodillas y se arrodilló, inclinando todo el torso hacia adelante hasta casi pegar la frente al piso.
Su postura era de sumisión absoluta, de ruego desesperado, como si al reducirse de ese modo pudiera evitar el destino que se cernía sobre ella. Entonces comenzó a suplicar, con la voz quebrada y llena de angustia.
—Por favor, mi señor