C60: MEREZCO SER CASTIGADA.
Sigrid comenzó a restregarse las manos con evidente nerviosismo, entrelazando y separando los dedos una y otra vez, como si aquel movimiento repetitivo fuera lo único que la mantenía en pie. Su voz salió entrecortada cuando por fin se atrevió a hablar.
—Alfa… yo… yo no sé a qué se refiere —murmuró—. No entiendo…
Intentó fingir desconcierto, aferrándose a esa supuesta confusión como a un escudo frágil, aun sabiendo que frente a él difícilmente serviría de algo.
—Te vi en la mansión —declaró Asherad—. Tú y yo nos encontramos una vez en los pasillos. Te vi allí.
En ese instante, Sigrid comprendió de qué hablaba. No se refería a la oscuridad, ni a las noches prohibidas, ni a aquello que ella había temido con tanto pavor. Se refería a aquella única ocasión en que sus miradas se habían cruzado a plena luz, cuando él había alcanzado a ver su rostro.
El recuerdo regresó con una claridad dolorosa: ella echándose al suelo, suplicándole que no la mirara, temblando de vergüenza y miedo.
—Ah… sí —