Sigrid se refugió en una de las tantas alcobas entre los interminables pasillos de la mansión. Permaneció allí, con el corazón golpeándole el pecho, hasta que estuvo segura de que Asherad no la había seguido. Solo entonces se atrevió a salir y, con pasos rápidos y sigilosos, regresó a su pequeño cuarto.
Apenas cerró la puerta tras de sí, las fuerzas la abandonaron. Se dejó caer y rompió a llorar sin consuelo, lloró una y otra vez, con el cuerpo encogido y el alma hecha trizas, porque el lobo qu