Sigrid se refugió en una de las tantas alcobas entre los interminables pasillos de la mansión. Permaneció allí, con el corazón golpeándole el pecho, hasta que estuvo segura de que Asherad no la había seguido. Solo entonces se atrevió a salir y, con pasos rápidos y sigilosos, regresó a su pequeño cuarto.
Apenas cerró la puerta tras de sí, las fuerzas la abandonaron. Se dejó caer y rompió a llorar sin consuelo, lloró una y otra vez, con el cuerpo encogido y el alma hecha trizas, porque el lobo que amaba acababa de verla. Le había visto el rostro. Ese rostro que ella tanto temía mostrar. Esa cara que consideraba deforme y vergonzosa.
No había presenciado la reacción de él, pero su mente se encargó de torturarla con las peores imágenes posibles. Se lo imaginaba rechazándola, burlándose, preguntándose cómo podía existir alguien tan horrenda.
Cada pensamiento era más cruel que el anterior. El llanto se intensificó, silencioso pero desgarrador, porque para Sigrid no había duda: Asherad debía