Avanzaban a un trote constante pero moderado. No podían permitirse galopar ni forzar demasiado el paso: Damián iba tendido sobre el lomo de uno de los lobos y cada sacudida le provocaba dolor. Si aceleraban más, corrían el riesgo de que resbalara, de que la herida se abriera aún más o de que el sufrimiento se volviera aún peor.
Damián temblaba por los espasmos. El sudor frío le perlaba la frente y el rostro había adquirido una palidez alarmante. Había perdido demasiada sangre. Los colmillos hab