El Alfa, pese al caos en su interior, se mantuvo erguido, impenetrable, con esa presencia que siempre imponía silencio y obediencia.
—¿Acaso no conoces tus propios pecados, África? —cuestionó, sin apartar los ojos de ella—. ¿De verdad pretendes que te enumere cada una de tus acciones, cada forma en la que te burlaste de mí?
África se quedó anonadada. Sus labios quedaron entreabiertos con el rostro completamente desencajado, como si aquellas palabras no pudieran tener sentido alguno. Negó con la cabeza, aún aturdida, y habló con un hilo de voz que fue ganando fuerza a medida que la incredulidad se convertía en angustia.
—¿Burlarme…? —repitió—. No entiendo de qué habla. Jamás me he burlado de usted, Alfa. Nunca. Yo siempre le he sido leal, siempre lo he respetado. He sido una esposa obediente, he cumplido con la ley y con todo lo que se espera de la Luna de la manada. Eso es lo que exige el orden, y yo lo he respetado siempre.
Respiró con dificultad, como si el aire comenzara a faltarle