El Alfa, pese al caos en su interior, se mantuvo erguido, impenetrable, con esa presencia que siempre imponía silencio y obediencia.
—¿Acaso no conoces tus propios pecados, África? —cuestionó, sin apartar los ojos de ella—. ¿De verdad pretendes que te enumere cada una de tus acciones, cada forma en la que te burlaste de mí?
África se quedó anonadada. Sus labios quedaron entreabiertos con el rostro completamente desencajado, como si aquellas palabras no pudieran tener sentido alguno. Negó con la