África se irritó al escuchar aquella respuesta.
—Si haces lo que te ordeno, contarás con todo mi respaldo. Te prometo que te salvaré la vida. Pero si decides ponerte en mi contra, si te niegas a obedecerme, entonces me tendrás como enemiga. Ahora le temes al Alfa, pero llegará el día en que me temas a mí. Porque si yo te declaro mi enemigo, tu cabeza rodará… y no solo la tuya, sino la de todos tus allegados.
Oliver guardó silencio, y ante ese mutismo, África creyó que finalmente había logrado persuadirlo. Una sombra de satisfacción cruzó su rostro.
—¿Y bien? —preguntó—. Entonces… ¿estás de mi lado?
—Lo siento mucho, mi señora —expresó Asherad—. No solo le temo al Alfa… le soy leal. No puedo cumplir con su exigencia.
Aquellas palabras terminaron por enervarla. África no podía creer que, después de haberle ofrecido protección y luego haberlo amenazado sin miramientos, él continuara negándose.
La rabia la invadió por completo, por lo que alzó la mano y le propinó una bofetada sonora en e