La luz de la luna bañaba el claro, convirtiendo cada hoja en un espejo plateado. Eirik estaba allí, esperándome como siempre, con esa mirada que parecía verlo todo. La hebra de mi capa colgaba de sus dedos, un recordatorio de lo cerca que había estado del desastre.
—Eirik… —mi voz se quebró al pronunciar su nombre.
Él alzó la vista, y en sus ojos no vi reproche, sino algo más profundo, algo que me desarmó por completo.
Yo había estado preocupada