El alba del lunes llegó acompañada de un silencio pulcro que solo se interrumpía por el tintineo de los cubiertos en el gran comedor. Esmeralda ya portaba un traje sastre de corte impecable en tono azul medianoche; el cabello, recogido en un chongo bajo y pulido, no dejaba espacio a dudas: la faceta familiar del fin de semana había dado paso, con una transición milimétrica, a la estratega que la provincia entera esperaba ver.
Frente a ella, Ricardo revisaba las proyecciones en su tableta, mie