La noche cayó de golpe sobre la colina de la mansión, trayendo consigo una brisa fresca que mecía las copas de las palmeras y arrastraba el olor limpio del mar abierto. En el porche, la mecedora de mimbre había dejado de sonar. La pequeña Victoria Aurelia finalmente se había quedado dormida, rendida por la leche y el arrullo constante de la marea, con su manita aferrada firmemente a uno de los pliegues de la bata de lino de Esmeralda.
Emilio se levantó del barandal con movimientos felinos, cu