El camino de regreso a la mansión serpenteaba entre la vegetación tropical de la costa, dejando atrás el rugido de los motores diésel del muelle y las miradas atentas de los trabajadores. El auto avanzaba con un suave ronroneo, aislado del resto del mundo por los cristales blindados que alguna vez sirvieron para repeler ataques de La Orden, pero que ahora solo contenían una paz doméstica y ganada a pulso.
Emilio conducía con una mano sobre el volante y la otra descansando firmemente sobre la