La mañana en la Mansión Villarreal transcurría con tranquilidad.
Una tranquilidad que comenzaba a ser habitual.
Y que, después de tantos años de tragedias, se sentía extraña.
Pero hermosa.
La luz del amanecer entraba por los enormes ventanales de la habitación principal.
Esmeralda aún dormía.
Acurrucada entre las sábanas.
Serena.
Hermosa.
En paz.
Emilio permaneció observándola varios minutos.
Como si nunca pudiera cansarse de hacerlo.
Lentamente colocó una mano sobre el vientre de Esmeralda.
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