El viento nocturno arrastraba cenizas encendidas alrededor de la mansión Villarreal como si fueran espíritus condenados. El fuego crepitaba detrás de Adrián, iluminando su rostro trastornado y proyectando sombras monstruosas sobre las ruinas de la propiedad.
El detonador seguía firme en su mano.
Y aun así…
Lo más aterrador no era la bomba.
Era la calma enferma con la que sonreía.
Esmeralda sintió que el pecho le ardía.
Cada palabra de aquel hombre estaba destruyendo los últimos restos inocentes