La mañana amaneció gris sobre Aurelia.
Un cielo cubierto de nubes oscuras envolvía la ciudad como si incluso el clima estuviera de luto por la muerte de Don Maximiliano Villarreal. Desde temprano, una interminable fila de vehículos de lujo comenzó a rodear la mansión Villarreal. Limusinas negras, camionetas blindadas y autos de alta gama llenaban las avenidas cercanas mientras periodistas, empresarios y políticos descendían vestidos de riguroso negro.
Toda Aurelia había acudido.
No solo para de