— ¡Dios mío, Alfa…! – Las palabras escapaban mientras alzaba mi cadera entregándome al placer recibido.
Seguí sus movimientos cuando él sostuvo mi cadera, atrayéndome más hacia él, permitiendo que yo marcara el ritmo acercándome a su lengua. No pasó mucho tiempo antes de que estallara en placer en su boca; su dominio era tan intenso que succionaba cada gota de mi deleite.
Levantándome, me colocó encima de él, acomodándome en su extensión, y gemimos cuando entró. Cabalgué con intensidad, sintien