La primera señal no fue evidente.
No fue obvia.
Fue precisa.
Un mensaje.
Enviado directamente al teléfono de Elena.
Sin número.
Sin rastro.
Solo cinco palabras.
«No eres la única».
Elena se quedó mirando la pantalla.
Inmóvil.
En silencio.
Pero por dentro…
Todo se agudizó.
Porque ya lo sabía.
¿Pero esto?
Esto no era información.
Era una advertencia.
O peor aún…
Un desafío.
«Adrian», lo llamó.
Él levantó la vista al instante.
«¿Qué pasa?»
Le entregó el teléfono.
Lo leyó una vez.
Y otra vez.
Y su