LA ESPOSA POR CONTRATO DEL ITALIANO
LA ESPOSA POR CONTRATO DEL ITALIANO
Por: Cassandra L.
Capítulo Uno

Avanzo por el pasillo de la casa de reposo y ya es costumbre que me vean recorrerlos.

Con un gesto saludo a las enfermeras a cargo del lugar. Las cuales, como siempre, me reciben con una sonrisa amable.

Cuando llego a mi destino abro la puerta despacio.

La consigo sentada en su silla de ruedas, mirando a través de la ventana con gesto sereno.

Voltea hacía a mí cuando escucha que cierro la puerta.

—Hola —digo con una sonrisa — ¿Cómo estás?

Me acerco hasta estar frente a ella y me pongo de cuclillas.

—Muy bien —me dice con una sonrisa.

Pero sus ojos no me engañan.

— ¿Cuándo podré irme de aquí? —mira detrás de mí — Las enfermeras no me dejan salir cuando quiero—bufa sin dejarme hablar—Sam, sácame de aquí.

Retengo las lágrimas cuando escucho sus palabras.

Leila es mi hermana menor y está en sillas de ruedas.

—Sabes que no puedo sacarte de aquí— susurro—Ellos están cualificados para poder cuidar de ti.

Alarga la mano y limpia una lágrima traidora que rueda por mi mejilla.

—Lo sé, y me siento culpable de que tengas que cargar conmigo.

Niego sin poder articular palabras.

Sus ojos marrones me estudian, su cabello oscuro está en una trenza, miro sus manos y sonrió al ver sus uñas pintadas de rosa.

Ella las ama.

No podría ser de otra manera. La condición de Leila es permanente, ella necesita cuidados específicos.

Acaricia mi cabello oscuro y su sonrisa es genuina.

—Te dije que el castaño te quedaría perfecto—dice—se parece a los de mamá.

Un toque en la puerta irrumpe y una de las enfermeras asoma su cabeza.

—¿Todo bien?

—Así es—susurro sin apartar la vista de enfrente.

—Es tu hora de dar un paseo, Leila—anuncia la enfermera.

—Tengo una cita con el viejo Steven —susurra refiriéndose a otro de los internos en la casa de reposo —¿Puedes venir luego?

Asiento.

—Sabes que lo hago—me inclino y dejo un beso en su frente—Te amo, Leila—susurro.

Ella me da una mirada suave, pero la enfermera la aúpa a salir.

Me quedo de pie en medio de la habitación. Respiro profundo y guardar las lágrimas para la almohada.

—Señorita, Holmes —Volteo para encontrar a otra de las enfermeras— La directora quiere hablar con usted.

—Iré enseguida—replico.

Ella asiente dejándome sola.

Me acerco a la cómoda y de mi bolso, saco un paquete de sus dulces favoritos.

Satisfecha, salgo de la habitación en busca de la directora de la casa de reposo. Sé de qué quiere hablar.

Es sobre las mensualidades atrasadas.

Hace un par de meses perdí mi trabajo y la verdad, estoy sin una blanca. Todo ha ido para cubrir las necesidades de mi hermana que sufrió un accidente de tráfico donde perdimos a nuestros padres y ella quedó en esa m*****a silla de ruedas.

Hace un año que está en la casa de reposo, luego de que sufriera un accidente en casa mientras yo estaba trabajando.

La recomendación médica fue que, este lugar sería el indicado. Al principio podía costearlo. Pero, hace un par de meses perdí mi trabajo como traductora en una editorial porque no quise abrirme de peinas con mi jefe. Un maldito misógino de m****a que cree que las mujeres, solo servimos para complacer al gremio masculino.

Niego alejando los pensamientos de esa basura cuando llego a la oficina principal.

Toco y de inmediato una voz femenina me invita a pasar.

Alison es la doctora encargada del lugar. La mujer de mediana edad está sentada detrás de su escritorio.

—Hola, Alison.

—Samantha —saluda haciendo un gesto a la silla frente a ella— ¿Cómo encontraste a tu hermana?

—Es un día bueno —confieso.

—Sí. Las crisis han disminuido. Pero, sabes que son solo de manera temporal.

—Lo tengo claro.

Leila también había desarrollado depresión y sufría convulsiones.

—Y también, espero que tengas claro que el segundo mes ya se venció y se me está haciendo imposible cubrirte— mira un papel sobre el escritorio— Son siete mil dólares.

Como si pudiera olvidarlo.

La clínica es la mejor de la ciudad y, también, la más costosa.

—Solo dame este mes y te juro que podré cubrir todo sin problemas.

—Me sabe mal —niega— Pero, sabes que solo soy la encargada. Puedo ayudarte solo por este mes, pero si no has consignado al menos la mitad en unos días, tendré que desalojar a tu hermana.

—Lo entiendo—me pongo de pie—Lo tendrás —aseguro con firmeza.

Asiente.

Sin más salgo de su oficina y paso por el jardín para despedirme de Leila que está junto a uno de los bancos tomando el sol.

Cuando me despido de ella, apenas veo como le afecta mi partida. Eso me rompe más el corazón.

Voy camino al autobús cuando mi móvil suena.

Me detengo y hago una mueca cuando veo el número de Laura.

La mujer dirige un negocio de damas de compañía de elite. La conocí en el gimnasio del que soy recepcionista ahora, e insistió en reclutarme para su negocio.

Después de mucho hablar conmigo, me convenció de que le diera una fotografía mía y como la curiosidad es más fuerte que la prudencia.

Se la di.

He escuchado que las mujeres ganan bien y que, solo son una empresa que atiende a hombres adinerados que, están solos y quieren presumir de belleza.

Me dejo claro que hay dos tipos de contratos.

Uno, donde los servicios son completos y otro. En el que, el sexo no está incluido.

Prefiero ser parte del segundo grupo si voy a intentarlo.

Patricia, una de las mujeres que ya tiene tiempo ahí. Me dijo que, aunque ganaré un poco menos, a diferencia de las que si aceptan el sexo dentro del contrato. Será buen dinero.

—Laura—respondo.

—Necesito que vayas a una dirección esta noche—dice sin rodeos.

—¿En, serio?

—Muy en serio, cariño. El cliente quiere conocerte y está dispuesto a pagar por un buen tiempo si le pareces adecuada.

Está sucediendo.

¿De verdad quiero hacer esto?

—Laura…

—No me salgas con que no—susurra—El hombre es importante y si no le cumplo, puede que sea mi última oportunidad con él —anuncia—llevo tiempo queriendo captarlo como cliente.

—Le informaste que mi contrato no incluye el sexo.

—Sí. Y está de acuerdo con eso. Así que, mueve tu lindo trasero a casa. Ponte regia y sube al coche que te voy a enviar.

—Está bien—susurro.

—Por cierto, te llamas Pamela.

—Si consigo el contrato, quiero un adelanto.

—Sabes que no trabajamos así—me espeta—Cuando la mitad del tiempo pase, recibes el cuarenta por ciento. Al finalizar, el resto—escucho mucho ruido al fondo antes de que se aclare la garganta—Dime, si estás preparada para esto ahora, Sam.

No tengo mucho de donde escoger. Necesito dinero rápido y si tengo que vender mi alma al diablo para mantener a mi hermana en la clínica, lo haré.

—Envíame los datos del cliente.

—¡Esa es mi chica! —exclama. —Ten por seguro que no te vas a arrepentir.

Con eso cuelga la llamada.

—Eso espero—susurro.

El camino a mi pequeño departamento es tedioso, ya que está muy retirado del centro.

Cuando llego, me voy de inmediato a la ducha y me preparo para la cita. Me hago un maquillaje elaborado, resalto mis ojos marrones y aliso mis rizos dejando caer mi cabello castaño sobre mi espalda.

Busco en mi armario algo que pueda ponerme y encuentro un vestido escote en V, color negro, por encima de mis rodillas. Sandalias de tiras estilo gladiador y, por último, roció un poco de perfume.

Me tomo una fotografía y se la envío a Laura a petición de esta para dar su visto bueno.

Segundos después, un emoticón de aprobación me llega.

Seguido de un mensaje.

Mi conductor ya está abajo.

Tomo mi bolso de mano y salgo del departamento de concepto abierto.

Es pequeño, pero es suficiente para mí.

Cuando bajo, Afuera, en el portal del edificio, me espera un conductor.

—Señorita, Pamela.

—Buenas noches—respondo como si fuese mi verdadero nombre.

Debo acostumbrarme a él. Cuando emprendemos el viaje, tomo mi móvil y reviso lo que Laura me ha enviado del cliente.

No hay fotografía, pero dice que se llama Renzo Vitale y es el director general de grupo Vitale. La cadena hotelera.

Perfecto.

Mi primer cliente es un rabo verde más, que solo quiere exhibirse con una mujer joven del brazo.

Mi respiración se hace rápida y tengo que centrarme en otra casa para no entrar en pánico.

¿En qué momento mi camino se torció tanto, hasta llegar a esto?

Cierro los ojos y pienso solo en porque lo hago.

—Ya estamos aquí.

Abro los ojos cuando nos detenemos afuera de un enorme y lujoso edificio en Brickell.

La puerta es abierta por un hombre de traje.

—El señor Vitale la espera—dice en tono plano.

Suelto el aire y bajo del coche.

Con curiosidad lo sigo al interior del edificio. El hombre del vestíbulo me da una mirada sabedora, la cual ignoro. El hombre se detiene en frente a un elevador y me hace un esto para que entre.

Lo hago y cuando supongo que va a subir conmigo, este solo asiente antes de que las puertas se cierren.

—Vamos Sam. Tú puedes hacerlo, no eres una mujer que se achica ante los demás—me digo mientras el elevador sube.

¿Si el hombre quiere pasarse de listo?

No soy una prostituta

Entonces, ¿Qué soy?

Una dama de compañía.

¿No es lo mismo?

¡Joder!

Las puertas del elevador se abren y frente a mí, hay un vestíbulo. Las puertas dobles del ático están abiertas.

Me obligó a poner un pie delante de mí y entrar al lugar.

El mismo es impresionante con vistas a la bahía de Biscayne. Todo el lugar está bordeado por cristal del piso al techo. Se siente un poco austero. Pero al mismo tiempo, impresionante.

Las notas del Jazz se escuchan al fondo del lugar. La música suave me relaja al tiempo que me detengo en medio del salón.

—Buenas noches.

La voz a mi espalda, ronca y varonil. Envía escalofríos a mi cuerpo.

—Buenas noches.

Replico al tiempo que me doy la vuelta con toda la elegancia que puedo y me quedo sorprendida, cuando en vez de encontrarme a un hombre mayor. Me encuentro con alguien joven.

Tiene el cabello y ojos negros. Los cuales contrastan con su piel olivácea. Su mandíbula es cuadrada y sus facciones son duras.

Viste una camisa blanca con las mangas, dobladas a la altura de sus antebrazos, pantalones y zapatos de vestir.

—¿Ya terminaste la inspección?

Salgo de mi letargo cuando lo escucho.

—¿Disculpe?

—Que, si ya me has repasado lo suficiente.

Le doy una sonrisa descarada.

—Acaso, ¿Tú no hiciste lo mismo? Por algo estoy aquí—ladeo la cabeza. E intento mostrar una seguridad que estoy lejos de sentir.

Da un paso al frente.

—Renzo Vitale.

—Pamela.

Me estrecha la mano de forma delicada.

Muy al contraste con su postura dura.

—Pamela —repite antes de negar con una sonrisa sarcástica—No lo creo.

—¿Qué no cree, señor Vitale? —inquiero cuando me libera y avanza por el lugar.

Se sirve un vaso de lo que parece ser brandy y sorbe antes de darse la vuelta.

—Sé que usan nombres falsos—no digo nada—Quiero tu verdadero nombre.

—Eso no está en el contrato.

Chasquea los labios.

—Verás. Tengo un nuevo contrato que quiero discutir contigo.

Arqueo una ceja.

—Verá, señor Vitale. —Repito con ironía —No soy lo que usted cree.

—Yo no creo nada—dice en tono serio.

Sirve otro vaso y camina hasta mí para tenderme el mismo.

—Te contrate, porque necesito una persona que vaya conmigo a la casa de mis padres.

—Eso es muy retorcido—me burlo.

Sorbo de la bebida.

Efectivamente, es brandy.

—Puede ponerse más retorcido—replica con una sonrisa de bribón—¿Cuánto quieres por fingir ser mi esposa?

Abro los ojos.

—Usted quiere que yo finja, ¿Qué?

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