Es tarde cuando entro al departamento de Franco.
Lo encuentro sentado frente a su computador mientras toma un trago.
—¡Vaya! Al fin te dignas en aparecer.
¿De verdad?
—No sabía que era una prisionera —espeto, mirándolo con una expresión irónica.
Entrecierra los ojos.
—No me digas que Vitale te lavo el cerebro.
—No me lo lavo. Hablamos.
Tuerce el gesto con diversión.
—Puedo imaginarlo, con lo elocuente que es el hombre.
Avanzo hasta él.
—No seas un llorón tú también —lo fulminó con la mirada. —B