Abriendo la puerta de su despacho tras llegar un poco tarde, haciendo saber a todos que algo tenía que estar pasando ya que Diego no era de los que les gustaba aprovecharse cuando era el CEO de la empresa, una sonrisa se dibujó en su rostro al ver la imagen de su amigo sentado en la silla frente a su escritorio con una taza de café en las manos.
—¡Edmund! —le saludó Diego.
El hombre que se llamaba Edmund se levantó.
—Dios escuchó mis plegarias. Pensé que no vendrías—. Edmund abrazó a su amigo,