Capítulo 25. Un cheque en blanco.

Cuando finalmente se separaron, por falta de aire, Silas apoyó su frente contra la de ella. Ambos respiraban con dificultad.

—Definitivamente —murmuró Silas, con la voz ronca—, el caos es mucho más divertido.

Aunque el beso había terminado, la electricidad seguía zumbando en el aire, más ruidosa que la máquina de pinball de la esquina. Silas se apartó lentamente, sus ojos verdes clavados en los de Eris con una intensidad que la hizo sentir como si el suelo estuviera derritiéndose bajo sus pies.
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