Capítulo 18. La despedida gélida.

El trayecto de vuelta a la mansión Valerián fue un ejercicio de tensión atmosférica. Si alguien hubiera encendido un fósforo dentro del deportivo negro, el aire habría estallado.

Silas conducía con los nudillos blancos sobre el volante, la mandíbula apretada y la mirada fija en la carretera.

De vez en cuando, lanzaba una mirada rápida hacia el asiento del copiloto, esperando ver alguna señal de rendición, algún indicio de que la furia de Eris estaba bajando. Pero Eris era una estatua de hielo.
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