Christopher cerró la puerta de la habitación tras él con un golpe seco, dejando que el eco resonara en el inmenso silencio de la mansión Davenport. Eda estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el horizonte. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban con una mezcla de miedo, rabia y arrepentimiento.
—¿Qué estabas pensando, Eda? —preguntó Christopher, rompiendo el silencio. Su tono era bajo, pero cargado de una furia contenida que erizaba la piel.
Eda