Lo quieren destruido.
La mañana avanzaba lentamente sobre Australia. La residencia principal de la familia Trovatto permanecía sumida en un silencio extraño, uno que parecía haberse instalado desde la muerte de Judith. Ni los empleados caminaban con normalidad ni las conversaciones fluían como antes. Cada rincón de la mansión parecía recordar la ausencia de la joven y el dolor que había dejado detrás.
Rolando Trovatto permanecía sentado frente al ventanal de su despacho privado. La luz gris del amanecer se filtraba