Emma.
Habían pasado dos semanas desde que Kaan la trajo aquí desde Roma, dos semanas desde que dejó a su familia en medio de la crisis más grande que habían enfrentado, dos semanas viviendo en este palacio dorado que se suponía debía sentirse como hogar pero que solo se sentía como una jaula muy elegante.
Estaba sentada en el balcón de su habitación, mirando los jardines que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, con el Atlas nevado visible en la distancia. Su mano descansaba inconsciente