POV Ángela.
Un mes.
Treinta días desde que abrí los ojos y descubrí que había perdido un pedazo entero de mi vida. Treinta días en los que mi cuerpo aprendió de nuevo a caminar, a sostener a mis hijas, a respirar sin que cada inhalación doliera como si me arrancaran un pulmón. Treinta días en los que la rabia se convirtió en algo más grande que yo: una bestia que rugía dentro de mi pecho cada vez que recordaba que Vladimir, ese gusano traidor, aún respiraba mientras mis hijas habían estado a