A la hora anunciada Elizabeth, acompañada de una malencarada Jessia, salía del edificio en el que trabajaba. Su amiga había tratado de convencerla para que se fueran por su cuenta sin la desagradable presencia –según le dijo– del mujeriego pervertido, pero no logró su propósito.
Elizabeth lo saludó cortésmente y Jessia solo gruñó. Las amigas subieron a la parte trasera del vehículo y Emiliano se sentó adelante junto al chofer, quien lo miró extrañado, pero se limitó a continuar camino hasta el