-Sí, ¿no lo quieres?
—Lo hago, lo hago...—
Pero ¿cómo es posible que se regalan autos de lujo con tanta ligereza?
Según lo que sabía su cuñado, los autos que tenía en el garaje no eran baratos.
Dalila también se sorprendió al oír esto. Se giró para mirarlo y preguntó: —¿Le vas a regalar un auto a Artemisa?—.
Albert Kholl asintió.
Dalila se quedó sin palabras. —...Pero Artemisa no lo necesita—.
—¿Por qué no?—, sonrió Albert Kholl. —Un auto lo hace todo más cómodo. Además, aunque no lo necesi