Sentí una presencia que se acercaba a mí. Me quedé quieta y me negué a reconocer quién era. Con el rabillo del ojo vi que era Aixa. Llevaba una bata de seda morada y el bebé Xander estaba acurrucado contra su pecho. Tenía los ojos cerrados mientras mamaba tranquilamente y sus mejillas regordetas se hundían mientras succionaba. Era realmente lo más lindo que había existido.
Aixa y yo nos quedamos juntas en silencio, ambas mirando fijamente la noche. Una ligera brisa inundó el balcón mientras est