Parecía que se me cerraba la garganta y traté de decir algo. Se me entreabrieron los labios, pero no pude encontrar la voz. —Tienes que irte —se esforzó Igor por decir. Le dio unas palmaditas a la pistola que tenía en el costado—. Te cubriré las espaldas.
Se incorporó hasta quedar sentado y se dejó caer contra la pared, manchada de sangre. —Ningún cabrón va a atravesar su pasillo sin que yo le dispare en la cabeza—.
Yo le creí.
Igor lucharía hasta su último aliento.
Una vez que te convertías en