Varousse se rió a mi lado. Una risa oscura y mortal.
Pero yo solo sonreí como respuesta. Me incliné, tomé un pezón y lo pellizqué entre el pulgar y el índice. Ella no se inmutó, pero seguí mirándola a los ojos, esperando que viera mis mentiras y mi verdad.
—Varousse tenía razón. Eres un buen juguete sexual. Y ahora mírate, eres una puta sucia—.
Ella tragó saliva con fuerza y yo recorrí con la mirada su piel, cubierta por espesos cordones de mi semen.
—Hermoso —murmuré.
Lo siento, perdóname.
V