—¡Quédate detrás de mí, Elara! —rugió Damien. Su voz estalló como un trueno en la oscuridad del bosque.
Los dos mutantes de ojos negros que habían caído de los árboles se abalanzaron sobre nosotros sin dudar un solo segundo. No gruñían. No parpadeaban. Y eso era lo más aterrador: no atacaban como bestias salvajes, sino como máquinas programadas.
—¡Cuidado a tu izquierda, Marcus! —gritó Jax, soltando el arma de fuego para desenvainar su cuchillo.
Uno de los mutantes se echó directamente encima d