El crujido de los cristales rotos siendo aplastados bajo mis botas tácticas negras resonaba en el inmenso vestíbulo de entrada de la mansión. Esta sala, donde normalmente reinaba un silencio impecable, jarrones antiguos y mesas de roble centenarias, parecía ahora más los restos de un huracán que un campo de batalla.
El gélido viento del Norte que soplaba desde el exterior entraba por los inmensos ventanales, cuyos marcos habían sido arrancados por completo. En el suelo, entre los cristales roto