El techo abovedado de piedra de la sala del consejo resonaba con la voz de Silas, suave y empapada de una falsa preocupación. Yo me encontraba de pie justo a la derecha de la Gran Luna, en el estrado superior de la mesa del consejo. Llevaba puesto aquel vestido azul noche y el pesado collar de esmeraldas alrededor del cuello.
—Hermanos —dijo Silas, apoyándose en su bastón con empuñadura de plata mientras daba vueltas con lentitud alrededor de la mesa—. Con la manada Garra de Plata aglomerándose