El sonido de objetos arrastrados y voces murmurando me arrancó del sueño. Intenté moverme, pero un par de cadenas pesadas en mis muñecas me lo impidieron. Parpadeé varias veces, intentando aclarar mi visión, y entonces lo vi. Al fondo de la habitación, de pie como una sombra imponente, estaba mi padre mirándome fijamente.
—¿Estás bien? —preguntó con voz seca, casi distante.
Tragué el nudo en mi garganta, calmándome apenas lo suficiente para asentir.
—No soy un traidor —escupí las palabras de in