El hospital de la zona costera de Thalassa olía a una mezcla penetrante de antiséptico y café barato. Eran pasadas las ocho de la noche cuando el equipo de la 314, todavía con rastros de ceniza en los bordes de sus uniformes, cruzó las puertas automáticas. El ambiente era extraño: una mezcla de preocupación genuina y una lucha épica por no soltar una carcajada en el lugar más inapropiado del mundo.
Gabriel encabezaba el grupo con su habitual pas