La mañana en la Estación 314 olía a café cargado y a remordimiento. El sol entraba por los ventanales del hangar, iluminando lo que parecía más un hospital de campaña que una estación de bomberos. Gabriel estaba sentado en un taburete metálico, con la cabeza gacha, mientras Isabella, con el brazo todavía vendado pero con una energía renovada, le limpiaba un corte profundo en el pómulo y los nudillos destrozados.
—¿Me vas a decir ya por qué decidiste usar tu cara para golpear el puño de alguien,