El mármol del Gran Salón retumbaba con el eco de las conversaciones sutiles, copas de champán elevadas con falsa cordialidad y sonrisas afiladas como dagas.
Isadora, oculta tras su máscara negra y dorada, paseaba entre los invitados como un espectro silencioso. El vestido negro de escote asimétrico abrazaba su cuerpo atlético con elegancia fría, y su cabello, recogido en una trenza pulida, caía por su espalda como una declaración de control.
No necesitaba presentarse. No necesitaba hablar.