Los días en la mansión de los Condes de Liria se habían llenado de un ritmo distinto. Había movimiento constante en los pasillos, idas y venidas de diplomáticos, cartas selladas con insignias extranjeras, llamadas de confirmación. Aunque todo se manejaba con discreción, la magnitud del evento era imposible de ocultar por completo.
Isadora, sin embargo, seguía convencida de que su boda sería íntima. Había dicho una y otra vez:
—No quiero que esto se convierta en un espectáculo. Mi boda debe se