La ciudad amaneció con el aire suspendido, como si todo un país contuviera el aliento. En la mansión de los Condes, Isadora caminó por el corredor de las vidrieras hasta el balcón interior que daba a los jardines. El rocío aún temblaba en las hojas y, por un instante, ese brillo le recordó que había cosas que la violencia no podía tocar: la luz, la memoria, el futuro.
Gabriel llegó con una carpeta discreta.
—Hoy la fiscalía ampliará las acusaciones —dijo—. Y no habrá vuelta atrás.
Isadora le