Gedeón llevaba días sin poder conciliar el sueño. Se encontraba recostado al lado de la puerta de su habitación cuando un ruido lo inquietó. Con cautela, entró en la habitación y se acercó a la cama.
Aradne murmuraba en sueños, repitiendo las mismas palabras una y otra vez.
—No puedo matarte, mamá, ayúdame a escapar. No puedo hacerlo.
Él luchaba por abrazarla, por despertarla de ese sueño inquieto. Estaba a punto de darse la vuelta cuando volvió a escuchar su voz.
—¡Rey, tenga piedad de mí! No p